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Mensaje  Francisco de Sales el Vie 13 Nov 2015 - 20:54

DEJAR QUE CADA MOMENTO SEA LO QUE ES



En mi opinión, los conflictos interiores –esas dudas que se presentan y nos hacen cuestionarnos algunas cosas que parecían incuestionables- son más enriquecedores que desconcertantes.

Cuando uno creía haber encontrado la meta, y la dirección correcta y el camino adecuado para llegar hasta allí, de golpe o sigilosamente van apareciendo dudas –mal recibidas en la mayoría de las ocasiones- que revolucionan la aparente comodidad en la que se había instalado uno.

Quizás parte de los conflictos vienen de la costumbre de etiquetar y adjetivar cada cosa que nos pasa, cada situación, cada instante.

Si son placenteros o felices, no hay ningún problema. Más bien al contrario, ya que nos aportan una sensación agradable y una percepción positiva de la vida. De nuestra vida.

Si son trágicos, desagradables, o cualquiera otro de sus sinónimos, automáticamente –o sea, inconscientemente; o sea, sin que sea la decisión consciente, meditada y elegida por cada uno para ese momento o esa situación-, nos instalamos en un estado con aire depresivo, en una actitud melancólica o pesimista, o comenzamos una imparable rueda de auto-reproches; vemos caer a cámara lenta, o rauda y estruendosamente, los pilares sobre los que estábamos edificando un relativo y aparente estado de bienestar propiciado por la sensación de estar más o menos bien y más o menos en el buen camino.

Ya se ha repetido hasta la saciedad: lo malo –o lo importante- no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa.

No es el hecho en sí, sino cómo calificamos o clasificamos el hecho, cómo le damos poder para que nos descentre o nos afecte. O cómo, por el contrario, le restamos importancia y permitimos que nos provoque una insinuación de sonrisa de comprensión, un apenas perceptible movimiento en nuestra estructura personal, o una muy agradable sensación.

Lo importante es la actitud que se toma ante el hecho, que es lo que nos permite banalizarlo, descargarlo de drama, o por el contrario convertirlo en una contrariedad lastimosa o en una tragedia comparable a la segunda guerra mundial.

La cuestión sobre la que reflexionar es: ¿Realmente es necesaria una relación con la vida en la que todo haya que etiquetarlo como “me gusta” o “me disgusta”?

¿Acaso no sería mejor observar las cosas que nos suceden y dejar que sean lo que son al margen de nuestras críticas u opiniones?

Claro que, para quien lee esto, la primera apreciación que se puede presentar es la de pensar que aquí estoy proponiendo una vida sin sentimientos o emociones, una vida muerta sin vida, o una vida apática, sin ilusiones ni esperanzas, en la que hay que aceptar las cosas sin poder ejercer la opción de mejorarlas o hacerlas a nuestro gusto.

Mi respuesta es: no; no propongo una rendición a lo que suceda siendo espectadores sumisos, sino que propongo una comprensión de que las cosas y los momentos son lo que son independientemente de que nosotros les pongamos o no una etiqueta, e independientemente del color o el matiz de esa etiqueta.

¿Propongo la indolencia? La respuesta es: No.

Lo que sí propongo es preservarse de la mala relación con uno mismo partiendo de la admisión de que hay cosas que nos son ajenas, en las que no podemos intervenir, que suceden aunque nos opongamos o nos disgusten, y que eso provoca momentos que son como son y que hay que dejarlos que sean como sean, bien porque no tienen más que una importancia o preponderancia momentánea y luego se irán –y hay que evitar que su pasar contamine nuestro estado de integridad personal-, o bien porque tenemos que estar en ellos para sacar un aprendizaje que siempre acabará engrandeciéndonos.

¿Propongo entonces dejar de luchar por lo que uno quiere, rendirse a sufrir las consecuencias de “lo que pase”, y renunciar al libre albedrío? La respuesta es: No.

Procuro no entender mi vida como una lucha, porque sería agotadora y desagradable. A la vida se viene a vivir y no a sufrir ni a luchar. En cuanto al libre albedrío, creo que nos moriremos sin llegar a saber si aquello que hicimos en la creencia y en el nombre del libre albedrío en realidad no era más que otra propuesta o imposición del destino.

En este momento de mi vida no sé lo que es adecuado. Ni siquiera sé si existe lo auténtica y completamente adecuado. He vista ya tantas cosas que parecían una cosa y acabaron siendo otra… o que me parecieron inadecuadas, incomprensibles e inaceptables, y al final tuve que acabar dando gracias a Dios porque sucedieran a pesar de mi oposición inicial…

En lo que sí creo en este momento de mi vida –pero me reservo el derecho a cambiar de opinión más adelante-, es en lo anteriormente escrito de preservarme, de evitar que cualquier cosa –sea la que sea- me cause un daño innecesario, de impedir que cada momento sea una lucha, de colaborar con lo inevitable en vez de oponerme a ello, de admitir que hay cosas que me suceden aunque no sean de mi agrado, y que la tensión que produce querer controlarlo todo y hacer que todo sea perfecto -en una batalla perdida de antemano- no compensa el esfuerzo.

Tal vez pueda aparentar ser inconmovible –que garantizo que no es el caso-, pero prefiero vivir lo que surja como surja antes que enzarzarme en una cruzada contra todo aquello que no sea de mi agrado porque no quiero pasarme el resto de mi tiempo luchando contra molinos de viento.


Te dejo con tus reflexiones…

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HAY QUE DEJAR QUE CADA MOMENTO SEA LO QUE ES Empty Re: HAY QUE DEJAR QUE CADA MOMENTO SEA LO QUE ES

Mensaje  pipiolines el Sáb 19 Dic 2015 - 22:22

Francisco de Sales escribió:DEJAR QUE CADA MOMENTO SEA LO QUE ES



En mi opinión, los conflictos interiores –esas dudas que se presentan y nos hacen cuestionarnos algunas cosas que parecían incuestionables- son más enriquecedores que desconcertantes.

Cuando uno creía haber encontrado la meta, y la dirección correcta y el camino adecuado para llegar hasta allí, de golpe o sigilosamente van apareciendo dudas –mal recibidas en la mayoría de las ocasiones- que revolucionan la aparente comodidad en la que se había instalado uno.

Quizás parte de los conflictos vienen de la costumbre de etiquetar y adjetivar cada cosa que nos pasa, cada situación, cada instante.

Si son placenteros o felices, no hay ningún problema. Más bien al contrario, ya que nos aportan una sensación agradable y una percepción positiva de la vida. De nuestra vida.

Si son trágicos, desagradables, o cualquiera otro de sus sinónimos, automáticamente –o sea, inconscientemente; o sea, sin que sea la decisión consciente, meditada y elegida por cada uno para ese momento o esa situación-, nos instalamos en un estado con aire depresivo, en una actitud melancólica o pesimista, o comenzamos una imparable rueda de auto-reproches; vemos caer a cámara lenta, o rauda y estruendosamente, los pilares sobre los que estábamos edificando un relativo y aparente estado de bienestar propiciado por la sensación de estar más o menos bien y más o menos en el buen camino.

Ya se ha repetido hasta la saciedad: lo malo –o lo importante- no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa.

No es el hecho en sí, sino cómo calificamos o clasificamos el hecho, cómo le damos poder para que nos descentre o nos afecte. O cómo, por el contrario, le restamos importancia y permitimos que nos provoque una insinuación de sonrisa de comprensión, un apenas perceptible movimiento en nuestra estructura personal, o una muy agradable sensación.

Lo importante es la actitud que se toma ante el hecho, que es lo que nos permite banalizarlo, descargarlo de drama, o por el contrario convertirlo en una contrariedad lastimosa o en una tragedia comparable a la segunda guerra mundial.

La cuestión sobre la que reflexionar es: ¿Realmente es necesaria una relación con la vida en la que todo haya que etiquetarlo como “me gusta” o “me disgusta”?

¿Acaso no sería mejor observar las cosas que nos suceden y dejar que sean lo que son al margen de nuestras críticas u opiniones?

Claro que, para quien lee esto, la primera apreciación que se puede presentar es la de pensar que aquí estoy proponiendo una vida sin sentimientos o emociones, una vida muerta sin vida, o una vida apática, sin ilusiones ni esperanzas, en la que hay que aceptar las cosas sin poder ejercer la opción de mejorarlas o hacerlas a nuestro gusto.

Mi respuesta es: no; no propongo una rendición a lo que suceda siendo espectadores sumisos, sino que propongo una comprensión de que las cosas y los momentos son lo que son independientemente de que nosotros les pongamos o no una etiqueta, e independientemente del color o el matiz de esa etiqueta.

¿Propongo la indolencia? La respuesta es: No.

Lo que sí propongo es preservarse de la mala relación con uno mismo partiendo de la admisión de que hay cosas que nos son ajenas, en las que no podemos intervenir, que suceden aunque nos opongamos o nos disgusten, y que eso provoca momentos que son como son y que hay que dejarlos que sean como sean, bien porque no tienen más que una importancia o preponderancia momentánea y luego se irán –y hay que evitar que su pasar contamine nuestro estado de integridad personal-, o bien porque tenemos que estar en ellos para sacar un aprendizaje que siempre acabará engrandeciéndonos.

¿Propongo entonces dejar de luchar por lo que uno quiere, rendirse a sufrir las consecuencias de “lo que pase”, y renunciar al libre albedrío? La respuesta es: No.

Procuro no entender mi vida como una lucha, porque sería agotadora y desagradable. A la vida se viene a vivir y no a sufrir ni a luchar. En cuanto al libre albedrío, creo que nos moriremos sin llegar a saber si aquello que hicimos en la creencia y en el nombre del libre albedrío en realidad no era más que otra propuesta o imposición del destino.

En este momento de mi vida no sé lo que es adecuado. Ni siquiera sé si existe lo auténtica y completamente adecuado. He vista ya tantas cosas que parecían una cosa y acabaron siendo otra… o que me parecieron inadecuadas, incomprensibles e inaceptables, y al final tuve que acabar dando gracias a Dios porque sucedieran a pesar de mi oposición inicial…

En lo que sí creo en este momento de mi vida –pero me reservo el derecho a cambiar de opinión más adelante-, es en lo anteriormente escrito de preservarme, de evitar que cualquier cosa –sea la que sea- me cause un daño innecesario, de impedir que cada momento sea una lucha, de colaborar con lo inevitable en vez de oponerme a ello, de admitir que hay cosas que me suceden aunque no sean de mi agrado, y que la tensión que produce querer controlarlo todo y hacer que todo sea perfecto -en una batalla perdida de antemano- no compensa el esfuerzo.

Tal vez pueda aparentar ser inconmovible –que garantizo que no es el caso-, pero prefiero vivir lo que surja como surja antes que enzarzarme en una cruzada contra todo aquello que no sea de mi agrado porque no quiero pasarme el resto de mi tiempo luchando contra molinos de viento.

O sea, dejar salir las emociones y sentimientos sin juzgarlos o controlarlos, sólo observar. Lo mismo propongo con los pensamientos, dejar que pasen sin subirte a ellos, o sea, meditar, meditar y meditar.
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