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La luz de sol, la luz de la luna, la vida anímica del hombre

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La luz de sol, la luz de la luna, la vida anímica del hombre

Mensaje  Invitado el Lun 25 Mayo 2015 - 11:52

Es extremadamente difícil para la conciencia moderna actual ver alguna relación entre el alma y el espíritu del hombre y el mundo físico a su alrededor, puramente material, y no hay, de hecho, justificación alguna ante la falta de comprensión de la Antroposofía, cuando se dice que el alma y el espíritu del hombre, es decir, el cuerpo astral y el yo, dejan el cuerpo físico y etérico y continúa existiendo fuera de ellos.

¿Dónde, pues, están el cuerpo astral y el Yo? Esta es la pregunta que nos plantean las personas que obtienen su conocimiento de la ciencia materialista de nuestros días. Ellos, naturalmente, no pueden concebir que un elemento de alma pueda encontrar su lugar dentro de los límites del espacio. A lo sumo, puede reconocer que existe el aire y que el espacio está impregnado de luz, pero la idea de que el alma y el espíritu existen en el espacio está, para ellos, más allá del reino de lo posible.

Esta imposibilidad no es más que una pequeña forma de esa gran imposibilidad de concebir donde va el alma y el espíritu del hombre, cuando a través de la muerte, deja el cuerpo inerte en la tierra. El verdadero hombre moderno dice que puede “creer” en esas cosas. Sin embargo en el momento en que comienza a hacer uso de su poder de pensamiento, se encuentra inmerso en conflictos interminables. Estos conflictos cesan cuando él se esfuerza en investigar la Ciencia Espiritual. Pero las ideas que tiene que asimilar son extrañas y desconocidas para el hombre moderno, y tiene que abordarlas lenta y gradualmente. En este punto vamos a considerar ciertos hechos de la historia espiritual que hoy en día son muy poco conocidos en el mundo exterior.

La luz de sol, la luz de la luna, la vida anímica del hombre


Sabemos que las concepciones tradicionales antiguas que se remontan a la Sabiduría Primordial, se incorporaron después en las distintas religiones, convirtiéndose en materia de fe. Sabemos que en la antigüedad existían Centros de Misterios que cumplían las funciones de Iglesia, Academia y Escuela de Arte. Estos Centros de Misterios fueron la fuente de todo el conocimiento que desembocaba en las masas del pueblo, y en los impulsos que determinaban sus actividades.

En estos Centros de Iniciación habitaban hombres que, a fuerza de un entrenamiento especial, habían alcanzado un mayor conocimiento. Como resultado de las pruebas por las que habían pasado, entraron en una relación definida con el Cosmos, una relación que les permitió aprender, prestando atención a los procesos cósmicos, a la marcha de los acontecimientos cósmicos, lo que ellos deseaban saber con respecto al mundo.

Sólo las formas posteriores, más o menos corruptas de ese entendimiento, se conservan en la historia exterior. Ustedes saben que en los Oráculos de los templos griegos, algunas personas solían pasar a un estado mediúmnico, y cuando, en determinados momentos, los vapores se levantaban de la tierra, estas personas caían en un estado de conciencia que hoy en día sería llamado de “trance” por aquellos que persisten en mantener una actitud superficial hacia las cosas espirituales. No hay conocimiento verdadero, no hay conocimiento que corresponda a la realidad que se pueda alcanzar a través del trance, todo es un revoltijo confuso y no tiene ningún fundamento real. Pues cuando los métodos antiguos para entrar en relación con el cosmos, se habían deteriorado y corrompido, la gente consultaba los oráculos como un último recurso. Y todo lo que se revelaba desde esta conciencia de trance era considerado como una revelación de los objetivos de los seres divino-espirituales que estaban detrás de todos los procesos cósmicos. Los hombres ordenaban sus vidas de acuerdo con las declaraciones de estos oráculos. Los hombres se dirigían a los oráculos, que ya habían perdido las facultades que una vez habían estado en posesión de los Iniciados en los Misterios. Fue por eso que confiaron en otros medios más externos para regular sus acciones.

Voy a tratar de clarificar una de las maneras por las cuales, en tiempos muy antiguos, los iniciados en los Misterios penetraron en los secretos del universo, en los secretos que expresaban los propósitos de los Seres Divino-Espirituales, cuya misión es dirigir y gobernar los fenómenos de la Naturaleza. Tal iniciado, después de un largo período de preparación, durante el cual trabajaba en la totalidad (el conjunto), llegaba a ser capaz de observar los procesos vitales más sutiles, y finalmente llegaba a un punto en su desarrollo cuando, contemplando la salida del sol, entraba en un estado anímico determinado. Esta era una práctica a la que constantemente se aplicaban los antiguos iniciados. Trataban de estar espiritualmente receptivos a todo lo que se llevaba a cabo al amanecer. Cuando el sol se estaba elevando lentamente sobre el horizonte, un intenso sentimiento de admiración y devoción interior llenaba el alma del iniciado. Es difícil hoy en día formarnos un concepto de semejante estado de ánimo, pues era un sentimiento de profunda reverencia combinado con un ansia de conocimiento.


Un último eco de este estado de ánimo puede llegarnos cuando leemos la maravillosamente hermosa descripción de la salida del sol, por el poeta y escritor alemán, Johann Gottfried Herder. Esta descripción fue, sin embargo, escrita hace más de cien años, y se diferencia de cualquier cosa que pudiera emanar de algunos de los insignificantes poetas modernos. Herder contemplaba la salida del sol como símbolo de toda la vida de vigilia, no sólo en la naturaleza, sino también en el alma humana, en el corazón humano. La sensación de la madrugada en el alma humana misma, como si el sol se elevara desde las profundidades interiores, fue interpretada maravillosamente por Herder cuando trató de mostrar cómo el humor poético entraba en la evolución humana, y cómo este sentimiento poético se vivifica por todo lo que el hombre puede experimentar, cuando contempla un amanecer.


Aún con mayor intensidad podemos ver el misterio de la salida del sol que siente un hombre como Jacob Boehme, cuyo primer trabajo fue, Aurora, o la llegada del amanecer. Y las siguientes palabras del Fausto de Goethe: “Arriba, Académico, lejos del cansancio, baña tu pecho en la mañana roja”, no son ajenos a los secretos de la aurora.

Cuanto más nos remontamos en la historia de la evolución humana, encontramos los estados de ánimo más maravillosos que se despiertan en el alma humana en el momento de la salida del sol, cuando los primeros rayos del sol de la mañana llegaban hacia la tierra en sus ondas pulsantes, acelerando la luz del cosmos. Y en los Centros de los Misterios, los antiguos iniciados, cuando se preparaban de una manera definida, eran capaces, justo en el momento de la salida del sol, de formular las preguntas más solemnes y sagradas a los Espíritus Cósmicos, y enviar estas preguntas, desde lo más profundo de sus corazones, a la lejanía del espacio.

Tal iniciado se decía a sí mismo: “Cuando el sol envía los primeros rayos de luz hacia la tierra, es el mejor momento para que el hombre envíe sus preguntas hacia los amplios espacios del cosmos.” Y así el antiguo iniciado derramaba hacia las distancias cósmicas, las adivinanzas que llenaban su alma y corazón. Sin embargo, no buscaba respuestas de la forma trivial que estamos acostumbrados en nuestra ciencia física, sino que entraba en un estado de ánimo en el que se decía: “Hemos entregado nuestras adivinanzas y preguntas a nuestro espacio universal. Estas preguntas no descansan en el cosmos, sino que han sido recibidas por los dioses”.

La gente puede pensar lo que quiera acerca de tales cosas. Eran como las he descrito; tales fueron las prácticas en los tiempos antiguos. A continuación, los iniciados esperaban, y de nuevo en la noche pusieron su corazón en alerta. Pero ahora no se entregaban a un estado de ánimo que pregunta, sino que se hacían receptivos, y en un estado de ánimo devocional esperaban los rayos de la luna llena que se alzaba sobre el horizonte. A su juicio, era el momento en que se iba a recibir la respuesta del Cosmos. En los Misterios Mayores se trataba de un procedimiento muy habitual. En ciertas ocasiones, las preguntas y acertijos fueron enviados al espacio cósmico, y las respuestas de los Dioses fueron enviadas a la Tierra, a través de los rayos de luz de la luna llena.

De esta manera el hombre vivía en comunión con el cosmos. Él no era entonces tan orgulloso que cavilaba ciertas preguntas con la cabeza, como podría hacer un filósofo moderno, y luego inmediatamente esperaba una respuesta. No estaba tan engreído como para suponer que podía sentarse con un trozo de papel delante de él, y por medio del cerebro humano resolver los grandes enigmas de la existencia. Más bien creía que debía obtener el consejo de los Poderes Divino-Espirituales trabajando y tejiendo en el cosmos para descubrir las respuestas a los enigmas cósmicos. Porque sabía: “Fuera de mí, en el cosmos, no encuentro más que el contenido de mis percepciones sensoriales normales. Un elemento espiritual está trabajando y tejiendo en todas partes. Y en el momento en que los rayos del sol penetran a mí, puedo salir a su encuentro con todo el contenido de mi voluntad”.

Este secreto se ha perdido por completo en la investigación moderna. Sin embargo, esas cosas eran entendidas por el hombre y vivían en ellas con verdadero conocimiento y sabiduría. En Europa, uno de los últimos en preservar esta tradición fue Juliano el Apóstata. Cometió la imprudencia de tomar estas cosas en serio, y como resultado, fue víctima de sus enemigos.

Hoy en día los hombres describen al sol diciendo que envía sus rayos sobre la tierra. El Antiguo Iniciado habría dicho: “Esto es sólo el aspecto físico. La verdad espiritual es que los hombres viven sobre la Tierra y sobre la Tierra desarrollan su voluntad, y cuando los rayos del sol, llegan desde los cielos a la tierra, él puede enviar su voluntad hacia la dirección del sol, al lejano espacio cósmico. “En las olas de la voluntad, que por así decirlo, fluyen fuera de la tierra hacia el Sol, el iniciado enviaba sus preguntas al cosmos.

Y mientras que el hombre actual dice: “En el otro lado está la luna, y la luna envía sus rayos sobre la tierra”, el Antiguo Iniciado decía: “Eso es de nuevo sólo el aspecto físico. La verdad es que los pensamientos llegan a la tierra por las ondas de la luz de la luna”. Así, el iniciado confiaba sus preguntas a los rayos de la voluntad que corriente arriba, llegaban de la tierra hacia el sol, y recibía las respuestas de los rayos de pensamiento que desde la luna llegaban a la tierra.

La ciencia moderna sólo conoce un lado de la imagen. El científico considera sólo las propiedades físicas del sol y la luna. El iniciado antiguo decía: “Mientras que el sol envía continuamente su luz sobre la tierra, la tierra envía sus rayos de voluntad – la combinación de las fuerzas de voluntad de todos los seres humanos que viven en la tierra – al cosmos. Y cuando el hombre permite que la luz de la luna brille sobre él, los pensamientos cósmicos le llegan a través de sus rayos.”

El organismo humano ha sufrido muchos cambios. Cualquiera que esté actualmente en la búsqueda del conocimiento suprasensible no puede proceder de la manera antigua. El poder de comprensión del hombre es más crudo de lo que era en tiempos antiguos. Es cierto, por supuesto, que aún hoy en día los rayos de su voluntad fluyen hacia el cosmos. Pero él ya no siente que los rayos de su voluntad puedan llevar sus preguntas al cosmos, pues ya no arden en él, como una vez lo hicieron. Se ha convertido en demasiado intelectual, y el intelecto enfría la intensidad de todas las preguntas. Tenemos muy poca sensación del anhelo insaciable que una vez existió en el hombre por el conocimiento de los misterios más sagrados del universo. Ya no estamos apasionadamente ansiosos de conocimiento, solo curioseamos y nos gustaría saber todo, lo más rápido posible, sin tomarnos la molestia de comprender realmente el mundo que nos rodea.


En nuestra época actual sólo a los amantes les gusta soñar en el claro de luna. Los hombres “sabios” considerarían una superstición terrible si se les preguntara si creen que las respuestas a los enigmas más candentes de la existencia podrían llegar a ellos por los rayos de la luna. Para el hombre moderno, el mundo está totalmente carente de Espíritu, y no entiende nada del espíritu que se manifiesta en todas partes del mundo, o, si habla del espíritu lo hace en un sentido vago, panteísta, sin ningún conocimiento concreto de cómo, por ejemplo, los rayos de la voluntad están relacionados con los rayos del sol, cómo las formas de pensamiento humanas están relacionadas con la luz que viene de la luna.

Por medio de una iniciación adaptada a los tiempos modernos, sin embargo, podremos ser capaces de entrar una vez más en relación con el Cosmos y con el Espíritu del Universo. La única diferencia es que el intelecto moderno tiene que hacerlo de otra manera. Los ejercicios preparatorios que conducen a la iniciación se describen en mis libros, en particular en “Como se adquiere el conocimiento de los Mundos Superiores”. El propósito de estos ejercicios es llevar al hombre de hoy a un punto en el que le sea posible realmente, recibir respuestas a sus preguntas, no sólo en su orgullo moderno de convertir las preguntas en su cabeza, y esperar respuestas que surgen de su propio cerebro. Este último método puede de hecho resultar en ideas muy inteligentes, pero la simple “inteligencia” nunca puede conducir a verdaderas respuestas a los enigmas de la vida. Esta agitación continua en la cabeza, aísla al hombre del universo.

El iniciado moderno también debe hacer preguntas, pero tiene que llenarse de paciencia y no esperar recibir la respuesta de inmediato. El iniciado moderno poco a poco llegará a una etapa de su desarrollo en que ya no se limitara a observar el mundo exterior con el fin de satisfacer su curiosidad con las impresiones recibidas a través de sus ojos, oídos y otros sentidos. Es cierto, que recibe las impresiones externas por medio de sus sentidos, pero mientras él observa como definitivamente, íntimamente, todo lo que está alrededor de él, las flores, el sol, la luna, las estrellas, los otros seres humanos, las plantas y los animales, mientras que él da vuelta a sus sentidos en todas las direcciones, y permite que todas estas impresiones externas fluyan a través y dentro de él, envía al encuentro de ellas una corriente de fuerzas de su propio ser. Y es esta fuerza la que representa la pregunta que él quiere hacer.

Un hombre mira, tal vez, una hermosa flor. No obstante, no se limita a mirar pasivamente, sino que fija su mirada en su color amarillo, y permite hacer una impresión sobre él, al mismo tiempo que envía su pregunta hacia el amarillo de la flor, se sumerge la pregunta y el enigma de la existencia en el color amarillo, o tal vez en el color rosado de la salida del sol o en alguna otra percepción. Él no hace las preguntas desde su corazón, por una impresión particular, como, por ejemplo, la salida del sol, sino que las derrama en todas y cada una de sus percepciones sensoriales. Si estuviera ahora a esperar para recibir sus respuestas a estas mismas percepciones sensoriales, sería como si el antiguo viejo iniciado hubiese enviado sus problemas hacia la salida del sol y esperase a continuación la llegada de la respuesta del sol, en lugar de esperar, como sabemos que hizo, hasta el momento de la luna llena. El iniciado antiguo tenía que esperar por lo menos catorce días, porque era en el momento de la luna nueva cuando él realizaba sus preguntas a la salida del sol, y recibía las respuestas sólo cuando la luna estaba llena.

El filósofo moderno difícilmente estaría dispuesto a esperar catorce días. Ya para entonces espera que su libro esté en manos de los impresores, o, digamos, habría esperado esto antes de que fuera tan difícil encontrar una editorial. Hoy, sin embargo, tenemos que aprender a tener paciencia. Cuando un hombre se entrega a sus preguntas sobre las impresiones de los sentidos, cuando permite que estas preguntas se impregnen en todo tipo de cosas, no debemos esperar que estas mismas impresiones sensoriales, le traigan inmediatamente nada de la naturaleza de una revelación. Él debe esperar, y esto es fácil si ha realizado los ejercicios de preparación, durante un tiempo suficientemente largo, esperar a menudo durante un largo tiempo, hasta que finalmente todo lo que ha hecho hasta el mundo exterior se eleva en su interior en la forma de una respuesta. En caso de que se descarten las preguntas al azar, en una especie de azarosa manera, tal vez pueda recibir respuestas fortuitas de una clase, respuestas que permiten a ciertas personas una medida de la satisfacción egoísta, pero de una cosa pueden estar seguros: no serán respuestas reales. Debe proyectar sus problemas en la flor, el océano, en la gran bóveda del cielo y sus estrellas, en todo lo que viene como impresión de fuera, y debe esperar hasta que tarde o temprano las respuestas surgen de su ser más íntimo. No tiene que esperar durante exactamente catorce días, para poder determinar, como los antiguos iniciados fueron capaces de hacer, la duración del período. Simplemente tenemos que esperar hasta que llegue el momento oportuno, el momento en que todo lo que era anteriormente impresión externa se convierta en experiencia interna, y se relacione como una respuesta en el propio interior.

El arte de la investigación espiritual, de la investigación del cosmos, consiste en ser capaz de esperar, y no imaginar que las respuestas nos serán dadas inmediatamente. De ello se desprende también, como una cuestión de rutina, que las preguntas definitivas se deben hacer si vamos a obtener la respuesta. Si usted pregunta a los que ya han obtenido el verdadero conocimiento, como se entiende en el sentido moderno de la iniciación, se oye lo mismo de todos ellos. Un hombre quizás le diga la siguiente historia: “Cuando yo tenía treinta y cinco años me di cuenta de tal o cual problema de gran parte de la existencia, y todo lo que había experimentado en relación con el mismo entró profundamente en mi ser. En ese momento me llegó este problema en cierta impresión particular desde el mundo exterior. Y cuando tenía cincuenta años la solución al problema surgió de dentro de mí “

Antiguamente los Iniciados colocaron sus preguntas dentro de la matriz del espacio con el fin de que del espacio podrían nacer de nuevo. El elemento solar pasa a través de una metamorfosis lunar. Hoy en día los enigmas que el hombre de buena gana echaría por tierra, todo lo que de buena gana se aprende en la conversación con seres espirituales, primero debe ser colocado por él dentro de la corriente del tiempo. El elemento cósmico debe aparecer una vez más, nacerá del alma humana después de un período de tiempo determinado, por los poderes cósmicos en sí. Pero es necesario que el hombre llegue a un punto en el que sea capaz de sentir y saber cuándo se mueve dentro de él una respuesta divina, cósmica, y distinguir entre esta respuesta y que lo es meramente humano.

Así, el contenido real de la iniciación antigua todavía está presente, pero de otra forma. Sin embargo, tenemos que tener muy claro lo siguiente. Si un hombre desea penetrar en los grandes misterios de la existencia, debe ser capaz de entrar en una relación espiritual con los Seres Espirituales, con los seres cósmicos. No debe seguir siendo un ermitaño en la vida, no debe tratar de resolverlo todo por sí mismo, a su manera egoísta. Debe estar dispuesto a esperar hasta que el cosmos le de la respuesta a esos enigmas y problemas que él mismo ha enviado al espacio cósmico.

Es evidente que si un hombre ha aprendido a enviar las fuerzas de su alma al cosmos y recibe las fuerzas cósmicas en sí mismo, es mucho más capaz de comprender los misterios del nacimiento y la muerte de lo que era antes de que hubiera llegado a tal conocimiento. Cuando un hombre ha empezado a entender cómo el elemento de la voluntad inherente a las corrientes del alma va hacia los rayos del sol, la forma en que las corrientes de todas las impresiones sensoriales que recibe del mundo exterior, también empieza a entender cómo su alma y espíritu corren hacia el universo en olas de un elemento espiritual, de un elemento cósmico, cuando su cuerpo físico ha sido víctima de las fuerzas de la muerte. Además, aprende a entender cómo la espiritualidad es devuelta de nuevo a la tierra por la luna, por la luz de la luna. Se da cuenta de que sus pensamientos más elevados llegan de nuevo a él desde el espacio cósmico. Porque aunque en la época actual los pensamientos se levantan desde el propio ser del hombre, es sin embargo, el elemento lunar en el organismo humano, el que genera los pensamientos.

El hombre que ha tenido estas experiencias, debe aprender a medir el verdadero significado de ciertos fenómenos transitorios que se destacan, por así decirlo, a medio camino entre los procesos considerados como físicos y cósmicos en su naturaleza, y los que son cósmicos y espirituales. El hombre de hoy, debido en gran parte a su educación materialista, describe todo desde el punto de vista físico. Él dice: “Un eclipse de sol se debe al hecho de que la Luna se interpone entre el Sol y la Tierra, interrumpiendo los rayos del sol”. Esta es una explicación física, construida a partir de la observación física y obvia, es como que si dijéramos: “Aquí hay una luz, y aquí hay un ojo. Si pongo mi mano en la parte frontal del ojo, la luz se oscurecerá”. Como puede ver, se trata de algo puramente físico, una explicación espacial, y ese es el camino por el que va la conciencia moderna.

Debemos esforzarnos una vez más por un verdadero conocimiento de tales fenómenos. No son algo que ocurra cotidianamente, y las ocasiones relativamente raras de este aspecto deben ser estudiado no sólo físicamente, sino también en su aspecto espiritual.

En el momento de un eclipse solar, en la parte de la tierra afectada tiene lugar, algo totalmente diferente de lo que ocurre cuando no hay eclipse. Cuando se sabe que por una parte los rayos del sol penetran hacia a la tierra y por otro lado las fuerzas o rayos fluirán al encuentro con el sol, es posible formarse una idea de cómo un eclipse solar puede afectar estas radiaciones de voluntad que son totalmente espirituales en su naturaleza. La luz del sol es bloqueada por la luna, proceso puramente físico. Pero la materia física, en este caso el cuerpo lunar, no es un obstáculo para las fuerzas volitivas que fluyen hacia el espacio. Estas irradian fuerzas en la oscuridad, y sobreviene un breve período de tiempo, en el que todo lo que es de naturaleza volitiva en la tierra fluye hacia el espacio universal de una forma anormal. Es totalmente diferente de lo que ocurre cuando no hay eclipse. Por lo general, la luz física del sol se une a las radiaciones de la voluntad que fluyen hacia él. Cuando hay un eclipse, dichas fuerzas fluyen sin obstáculos hacia el espacio cósmico.


Los antiguos iniciados sabían estas cosas. Vieron que en ese momento todos los impulsos e instintos desenfrenados de la humanidad ondeaban hacia el cosmos. Y daban a sus alumnos la siguiente explicación: En condiciones normales, los malos impulsos de la voluntad que se envían al cosmos por los seres humanos son quemados y consumidos por los rayos del sol, de modo que sólo pueden herir al propio ser, pero no hay ningún mal universal. Sin embargo, cuando hay un eclipse de sol, la oportunidad para el mal que existe en la tierra puede extenderse a todo el cosmos. Un eclipse es un evento físico detrás del cual se esconde una realidad espiritual significativa.

Y de nuevo, cuando hay un eclipse de luna, el hombre de hoy se limita a decir: “La tierra se interpone entre el Sol y la Luna, por lo que podemos ver la sombra de la tierra proyectada sobre la luna.” Esa es la explicación física. Pero en este caso, también el iniciado sabía que detrás de la realidad física había una realidad espiritual. Sabía que cuando hay un eclipse de luna, se arrojan pensamientos a través de la oscuridad sobre la tierra, y que esos pensamientos tienen una relación más estrecha con la vida inconsciente que con la vida consciente del ser humano. El iniciado a menudo hizo uso de un cierto símil cuando hablaba con sus alumnos. Por supuesto, es necesario traducir sus palabras a un lenguaje moderno, pero esta es la esencia de lo que decían: “A los visionarios y soñadores les encanta pasear bajo la luz de la luna llena. Hay, sin embargo, ciertas personas que no desean recibir los buenos pensamientos que llegan a ellos desde el cosmos, sino que, por el contrario, están deseosos de apoderarse de los pensamientos malos, diabólicos. Esas personas eligen el momento de un eclipse lunar para sus andanzas nocturnas”.

Una vez más nos acercamos a una realidad espiritual en un evento físico. Hoy en día no hay que absorber este tipo de enseñanza en su forma antigua. Si tuviéramos que hacerlo, seriamos conducidos a la superstición. Pero es muy necesario llegar a un punto en el que seamos capaces de percibir una vez más lo espiritual que impregna todos los procesos cósmicos. Los eclipses del sol y la luna, que se repiten como lo hacen en el transcurso de cada año, en realidad pueden ser vistos como una válvula de seguridad; están ahí para evitar el peligro, para dar salida a una cosa u otra “válvulas de seguridad”. – Vapor, por ejemplo – en el momento adecuado.

Una de las válvulas de seguridad, que hace su aparición en el cosmos y al que damos el nombre de un eclipse solar, tiene el propósito de llevar al espacio de una manera luciferina, el mal que se extiende sobre la tierra, con el fin de que el mal pueda trabajar en un caos mayor, en una esfera menos concentrada. La otra válvula de escape, el eclipse lunar, existe con el propósito de permitir que los malos pensamientos que están presentes en el cosmos puedan acercarse a aquellos seres humanos que están deseosos de ser poseídos por ellos. En asuntos de esta naturaleza la gente, por regla general, no actúa con plena conciencia, pero los hechos, sin embargo son reales – tan reales como la atracción de un imán a las pequeñas partículas de hierro. Tales son las fuerzas que trabajan, en el cosmos, fuerzas no menos potentes que las fuerzas que se analizan e investigan hoy en nuestros laboratorios químicos.

El hombre no será capaz de liberarse de las fuerzas de su ser, que tienden a arrastrarlo hacia abajo hasta que desarrolle en sí mismo un cierto sentimiento de conceptos espirituales como éstos. Sólo entonces se abrirá a la humanidad el camino que conduce a una verdadera comprensión del nacimiento y de la muerte. Y esa comprensión y entendimiento es muy necesaria para la humanidad hoy en día, en que los hombres están sumergidos en la oscuridad espiritual. Tenemos que aprender de nuevo lo que realmente significa cuando el sol difunde su luz hacia nosotros. Cuando la luz del sol fluye hacia nosotros, el espacio circundante se hace libre para el paso de las almas que deben dejar sus cuerpos físicos y se dirigen hacia el espacio universal. Cuando el sol envía su luz a la tierra, la tierra envía las almas humanas al espacio cósmico, donde sufren muchas metamorfosis. Luego, en una forma espiritual, se acercan a la tierra una vez más, pasando en su descenso por la esfera de la luna, y toman posesión de un cuerpo físico que se ha preparado para ellos en la corriente de la herencia física. No será posible entrar en una relación correcta con el universo hasta el momento en que empecemos a sentir y experimentar estas cosas de una manera real y viviente.

Hoy las aprendemos por la astronomía, los telescopios y así sucesivamente. Aprendemos cómo los rayos del sol penetran la tierra, e imaginamos que ya está todo dicho. Aprendemos cómo los rayos del sol caen sobre la luna y la luna los refleja de vuelta a la tierra, y miramos a la luz de la luna en este único camino, teniendo en cuenta sólo su aspecto físico. Por estos medios se pone en juego el intelecto. El conocimiento intelectual saca al hombre del cosmos y tiende a destruir la actividad interna del alma. Esta vida interior del alma puede ser despertada, pero el hombre primero debe recuperar para una relación espiritual con el cosmos. Esto lo podrá hacer sólo cuando vuelva a decirse a sí mismo: “Un hombre ha muerto. Su alma irradia hacia el sol, hacia el cosmos, viajando por el camino hecho para él por los rayos del sol, hasta que entra en una región donde el espacio tiene un final, donde ya no se puede hablar en términos de tres dimensiones, sino que las tres dimensiones se fusionan en una unidad. En esta región, más allá del espacio y fuera del tiempo, suceden muchas y variadas cosas: pero más tarde, desde la dirección opuesta, desde la dirección de la luna, de la luz de la luna, el alma vuelve una vez más y entra en un cuerpo humano físico, nace de nuevo a la vida terrenal. “

Cuando el hombre aprenda una vez más, que las almas de los muertos van al encuentro de los rayos de luz del sol, que los haces luminosos de la luna introducen a las almas jóvenes de nuevo a la tierra, cuando aprenda a sentir concretamente cómo los procesos y fenómenos naturales están impregnados de espíritu por todas partes, entonces surgirá una vez más en la tierra un conocimiento que es al mismo tiempo religión, un conocimiento verdaderamente devocional. El conocimiento basado totalmente en el materialismo nunca puede convertirse en religión. Y la religión que se basa en una fe, que no surge de la fuente del conocimiento, nunca se podrá armonizar con todo lo que el hombre ve y observa en el universo que le rodea. Los hombres de hoy todavía repiten ciertas oraciones desde los tiempos antiguos. Y si alguien sostiene, como lo he hecho en el folleto titulado “La Oración del Señor”, que las profundas verdades espirituales se ocultan en estas antiguas oraciones, la gente moderna inteligente dice: Eso es visionario, mero sueño, pura fantasía. Pero no es fantasía, sino que se basa en el conocimiento del hecho de que estas oraciones, que se remontan a tiempos antiguos, y que la tradición ha conservado para la humanidad, han sido concebidas por una comprensión profunda de los procesos cósmicos. Debemos recuperar para nosotros mismos una vez más un conocimiento y una comprensión que nos permitirá acceder en el alma un sentimiento parecido a la religión cuando nos enfrentamos a grandes eventos cósmicos. Debemos ser capaces de decir, con los hombres de la antigüedad: “¡Oh sol, tú envías hacia mí los rayos de tu luz. Estos rayos forman un camino para mí en la tierra y a lo largo de esta vía, que se mueve en la dirección opuesta, las almas de los seres humanos, las almas de los muertos fluyen hacia el espacio cósmico. “Y otra vez:” ¡Oh luna, tú brillas con suave resplandor sobre la tierra desde tu lugar en el cielo. Y llevados por las olas de tu luz suave desde los lejanos espacios cósmicos, llegan las almas que están de regreso, una vez más a la existencia terrenal. “

Es así como podemos encontrar de nuevo la conexión entre la luz y el resplandor del mundo exterior y todo lo que vive y teje en el ser interior del hombre mismo. Entonces dejarán de decir sin pensar: “El hombre está rodeado por el universo físico y no puede formarse ninguna concepción de lo que será de su alma cuando, separada del cuerpo, pase hacia fuera en este universo puramente material.” Por el contrario, sabremos que mientras los rayos penetrantes del sol se abren paso a través del espacio, están todo el tiempo trabajando para las fuerzas que fluyen hacia la voluntad humana, y preparar un camino para ellos. Debemos reconocer también que la luna no arroja su luz suavemente ondulada sobre la tierra sin fin o propósito, sino que hay un elemento espiritual sobre los oleajes y corrientes a través del espacio, llevados por las ondas de la luna.

Cuando percepciones como éstas entran en nuestra conciencia, ya no seremos capaces de mirar con indiferencia una planta, cuando se baña en la luz del sol de la mañana. Porque es un momento muy especial, donde se llevan a cabo los procesos en la planta. Es entonces cuando los jugos de la planta se realizan por sus delicados vasos en flores y hojas. Es entonces cuando los rayos del sol, que quedan en la planta, dan paso a las fuerzas de voluntad que vienen de la tierra. Y no es sólo que la savia descrita por nuestros científicos modernos fluyen a través de la planta en ese momento, son las fuerzas de la voluntad que tienen su asiento en las profundidades de la tierra, la corriente hacia arriba también de la raíz de la planta en flor. Y por la tarde, cuando las hojas y pétalos se cierren, cuando los rayos del sol ya no preparan un camino para que las emanaciones de la voluntad se transmitan hacia arriba de la tierra, la actividad interna de la planta cesará y descansará.

La planta, sin embargo, también está expuesta a la luz suave de la luna. La luz de la luna no proyecta su hechizo sólo sobre los amantes, también influye en la planta durmiente. Entretejida con la luz de la luna, el pensamiento cósmico fluye hacia la planta y trabaja en ella.

Así, en la planta aprendemos a buscar las fuerzas combinadas de la “voluntad terrenal” y el “pensamiento cósmico.” Y se estudia la forma de las diferentes plantas con el fin de descubrir en qué medida cada una de ellas se teje de “pensamiento cósmico” y de la “voluntad terrenal.” Y cuando aprendemos espiritualmente, las fuerzas curativas de primavera a partir de estos pensamientos cósmicos, y de esta voluntad terrenal, las propiedades curativas de las plantas se nos dan a conocer y aprenderemos a ver en la planta la hierba medicinal. Pero es sólo cuando uno ha llegado a un conocimiento profundo de los procesos cósmicos que se hace posible reconocer las potencialidades correctoras de las diferentes plantas.

Tenemos que ganar este nuevo conocimiento. Debemos llegar al punto en que podemos entender como la cabeza humana está en realidad moldeada a la imagen de la tierra misma. En el embrión humano es la cabeza lo primero que toma forma. Se moldea a semejanza de la tierra, y el resto del cuerpo se une a él. Cuando la cabeza humana que se baña en la luz, y la luz del sol penetra, entonces lo que en la mente humana es análogo a la voluntad “terrenal” resplandece en el cosmos con un poder viviente.

Ahora bien, si tenemos en cuenta una planta cuya raíz contiene las fuerzas de la “voluntad terrenal”, en grado notable, podemos estar seguros de que la raíz de esta planta busca continuamente evadir la luz del sol, y podemos estar igualmente seguros de que esta especialmente sometida a la influencia de la luz de la luna, que, aunque nos parece que sus rayos brillan débilmente sobre la tierra, sin embargo penetra a través de las raíces de las plantas.


Si, por la quema de la raíz de una planta, traemos el elemento de la luz, y si conservamos las cenizas obtenidas de este modo y hacer un polvo de ellos, entonces tenemos los medios para probar cómo tal polvo es capaz, en virtud de los procesos cósmicos inherentes dentro de ella, de trabajar sobre la cabeza humana, pues las fuerzas de la voluntad de la cabeza son similares en su naturaleza a las fuerzas de la voluntad de la tierra. El punto es que debemos aprender a comprender la relación que existe en todas partes entre la materia y el espíritu, una conexión que no difiere si se trata de la más pequeña partícula de materia o de la mayor masa. Entonces seremos capaces de hacer algo que en la actualidad es válido sólo para las matemáticas, hemos de ser capaces de aplicar a todo el ámbito de las verdades de la naturaleza que primero vienen a nosotros como intuiciones puramente espirituales.

Un cubo, como sabemos, está formado por seis cuadrados. Tal cosa se puede girar de pensamiento, es un pensamiento-imagen. En la sal, en sesión ordinaria de cocción de sal, nos encontramos con el cubo de nuevo en la naturaleza misma, y aquí descubrimos la conexión entre un principio espiritual – algo “pensado” – y una sustancia material en la naturaleza exterior. Pero yo le pregunto: – ¿Qué hace el hombre medio de hoy en día, conoce el grado en el cual las fuerzas espirituales – las fuerzas cósmicas del pensamiento, las fuerzas terrestres de la voluntad – se encuentran en la raíz de cualquier planta en particular? Y sin embargo, el proceso es el mismo que el que llevamos a cabo hoy, aunque de la manera más abstracta, cuando por primera vez concebimos el cubo, y luego procedimos a encontrarlo de nuevo en la sal común.

Lo que hoy en día sólo practicamos cuando pensamos en términos de matemáticas, tenemos que aprender a hacerlo de nuevo con todo lo que está comprendido en el rango del alma humana. El estudio de las matemáticas, por regla general, no da lugar a una actitud piadosa, religiosa de la mente. Un hombre así como Novalis podría, es cierto, ser arrebatado en la devoción cuando entregaba al estudio de las matemáticas. Para Novalis, la ciencia de las matemáticas era un gran y hermoso poema. Uno se encuentra con algunas personas que entran en un estado de ánimo devocional al estudiar matemáticas.

Sin embargo, cuando vamos un paso mas allá, cuando evocamos al espíritu de las profundidades del ser humano y llevamos este espíritu al cosmos, donde por supuesto, lo que ya es (uno solo aprende a reconocer otra vez) entonces la ciencia se impregnara de religión, la armonía entre la religión y la ciencia se habrán logrado una vez más.

Conferencia pronunciada por Rudolf Steiner el 25 de Junio de 1922

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